Cigarrillos y Café

Sus temblorosas manos intentaban encender el cigarrillo que sostenía entre sus labios sin éxito. Se sorprendió a si mismo nervioso, ansioso, agitado. La proximidad del encuentro era notoria y no podía disimular, aunque lo quisiese, que estaba crispado de nervios por ello. Decidió ponerse en marcha para el bar donde se habían citado, llegaría con varios minutos de antelación pero así era el, siempre llegó antes que todo el mundo a todos lados, era lo normal, y si las cosas seguían dentro de lo normal ella llegaría varios minutos tarde, como si nada hubiera ocurrido y lo arreglaría todo con su sonrisa perfecta y su expresión aniñada. Decidió caminar hasta el café ya que no quedaba lejos de su casa y además los pasos cortando el aire frío lo ayudarían a calmarse un poco, volvió a sorprenderse del estado de sus nervios.La tarde de otoño que se posaba sobre sus hombros huesudos le daba un matiz aún más introspectivo al recorrido hasta el café donde se habían citado. Las hojas muertas bajo sus pies servían de alfombra y las risas de los chiquillos correteando ataviados con abrigos y gorras de lana completaban un paisaje agradable pero que terminó por hundirlo más en la depresión que lo aquejaba desde habían quedado en encontrarse de nuevo para charlar. “Tenemos que hablar” dijo ella, con su voz ligeramente aterciopelada al teléfono, pocas personas suenan tan bien al teléfono como lo hace ella, debe ser por la cantidad de cigarrillos que fuma al día solía pensar el. Siguió caminando por el boulevard hasta llegar a una intersección en donde se detuvo a encender un nuevo cigarrillo “Fumar daña la salud” pensó “Pero no hacerlo daña mis nervios” terminó agregando mentalmente. Su tranco se hizo lento, pausado, quería llegar hasta el café pero a su vez quería tardar el mayor tiempo posible en llegar hasta allí, se sentía como volviendo a casa luego de la escuela con el boletín de calificaciones lleno de repruebes en mano. Un nudo de amarrar barcos se había depositado sin permiso en su plexo solar.

Llegó al café quince minutos antes de lo previsto. Aquella esquina se mantenía inalterable desde hacía mucho tiempo, los años se hacen pesar con desgracia sobre las personas pero a los edificios les hacía bien. Los faroles que otrora contenían mecanismos de kerosene hoy contenían orgullosos en sus entrañas la más moderna tecnología en ahorro de consumo. Las mesas colocadas ordenadamente sobre la acera eran de madera robusta y estaban pintadas de un color oscuro. Se imaginó el trabajo diario de los mozos en sacarlas a la acera y volverlas a guardar a la noche, sintió pena por ellos. El café era por fuera idéntico a uno que podría encontrar en cualquier rincón de Buenos Aires, Paris o La Habana. Un café tradicional que daba cabida a polémicas entre señores mayores, a rondas de secretos entre amigas o a lecturas agradables de periódicos o de algún libro de Savater o Borges. El delicado choque de las tazas con los platillos, las caricias circulares de las cucharillas contra los bordes de porcelana de la vajilla y el constante sonido de voces en el fondo completaban una atmosfera cálida donde una charla como la que tendría con ella podría llevarse a cabo perfectamente.

Eligió la mesita para dos de siempre, pero en este caso siempre significa antes, cuando iban juntos a tomar cafés y a charlar en compañía de los inseparables rubios. Se sentó en el lado de la mesa que le correspondía siempre, o sea antes, cuando iban juntos. Como las cortinas verdes estaban corridas pudo fijar la mirada en algún punto vago del exterior y seguir pensando mientras la esperaba. Recordó la primera vez que fue al café, fue, coincidentemente, en la primera cita que tuvo con ella. Fue muchos años atrás en el mismo lugar, ellos eran diferentes en muchos sentidos, era jóvenes, eran inocentes e ignoraban que la vida los llevaría al mismo lugar muchos años después con el complemento de que esta vez el espacio entre ellos era enorme, gigante. Recordó que sus ojos no podían escapar del hechizo de los de ella, que su voz ya mostraba indicios de lo que hoy sería su característica principal y que ambos se mostraron tontos, torpes en el juego de seducción. Ella tenía un anotador en sus manos y lo había colocado junto con un marcador sobre la mesa y los empujó hacia el añadiendo “Haceme un lindo dibujo”, el sostuvo dubitativamente el marcador durante un par de segundos sobre el anotador y luego esbozo unos trazos que se convertirían al cabo de un tiempo en un gato de espaldas sobre una muralla bajo la atenta mirada de una luna desproporcionadamente grande.

De su ensimismamiento lo sacó la sensación de estar siendo observado. Pero antes de que pudiera girar la cabeza para buscar a quien lo estaba mirando escucho un sonido aterciopelado, dulce y conocido “Hola” dijo ella de manera tímida, como buscando no asustarlo. El se levantó de su asiento sin decir nada y le dio dos besos, uno en cada mejilla, corrió la silla e hizo un ademán para que se sentase en ella. Se saludaron torpemente un par de veces más y el ordeno dos cafés, un capuchino para el y expresso doble para ella “Lo de siempre” pensó. Hubieron segundos incómodos hasta que el propuso la conversación.

- Es bueno verte, te veo muy bien. Parece como si no te hubiera visto en mucho tiempo – Su tono de voz era sincero.
- Gracias, es bueno verte a vos también, realmente estaba esperando encontrar el momento justo para charlar con vos.

El sonrió marcadamente.

- ¿Qué pasa? ¿de que te reís? – preguntó ella también con una sonrisa en el rostro.
- Que siempre me resultó simpático como vos decís “con vos” no “contigo” como todo el mundo.

El estaba intentando evadir lo que vinieron a tratar originalmente pero sabía que no lo iba a poder hacer durante mucho tiempo más. Días atrás ella lo había llamado pidiéndole un poco de su tiempo para conversar. Ella explicó que si bien ellos ya hacía mucho tiempo que no eran pareja sentía que las cosas no se habían cerrado del todo entre ellos y quería hacerlo para no dejar las cosas sin decir. Las cosas que no se dicen pesan demasiado y no se van, se prenden a la corteza cerebral y permanecen ahí, inertes, hasta que cada tanto liberan un impulso que nos hace recordar que todavía están ahí y nos tiran para abajo. Las palabras deben ser dichas, por algo son palabras, de otra manera, mas tarde o mas temprano, nos atormentan y quitan el sueño.

- Contame que andas haciendo – dijo ella.
- Nada – exclamó – estoy escribiendo mucho, sabes que me gusta mucho escribir. Algún cuento por aquí, algún intento de poema por allá. Es mi manera de liberar tensiones y demonios.
- Si, todavía te conozco, no te olvides de eso. Siempre fuiste muy callado, muy retraído, vivías para tus adentros. Lo recuerdo bien. A veces era muy difícil conectarme contigo, tus silencios se hacían eternos.
- Lo sé, te pedí disculpas por ello a su debido momento. ¿Era de esto de lo que me querías hablar? – Se sentía de vuelta en el banquillo de los acusados y eso lo puso incómodo.
- No, disculpame. Lo que quería preguntarte es que pensas de nosotros.
- ¿Nosotros? – No existe tal cosa como “nosotros” pensó el.
- Si, si bien nos separamos hace mucho, alguna vez pensaste en nosotros, juntos, es decir, en… volver… probar. – Exclamó dubitativa y nerviosa.

El no esperaba escuchar eso. No pensó nunca que ella, al igual que el, hubiera tenido imágenes mentales de ellos de vuelta juntos. Se quedó callado durante unos segundos, sacó un cigarrillo del atado, lo encendió, lo saboreó durante unos segundos y la miró a los ojos que ahora se mostraban ligeramente opacos pero igualmente llenos de vida.

- Claro que lo pensé, creo que todos los que alguna vez fueron pareja lo hacen. Nos hacemos las mismas preguntas. ¿Y si le hubiera dicho que si aquella noche? ¿Y si la hubiera abrazado en lugar de haberme dado vuelta para dormir sin decidir arreglar aquella pelea? Todos nos hemos refugiado en el hueco de nuestras almohadas y hemos pensado en los “¿What if…?” Todos nos hemos perdido en espacios imaginarios donde las decisiones erradas que tomamos no nos perseguían todos los días. ¿Qué si pensé en nosotros juntos y como sería eso? Claro que lo pensé – Habló mucho más de lo que le hubiera gustado.
- ¿Y me contás como sería lo que pensaste? – Se mostró curiosa.
- Que no funcionaría. Que luego de un tiempo caeríamos en los mismos vicios y en las mismas actitudes que hicieron que hoy estemos sentados aquí hablando de esto. Nos hicimos muchísimo mal, nos lastimamos hasta el punto en donde las cicatrices todavía las llevamos a flor de piel. No podemos mirarnos a los ojos sin evitar recordar que en algún momento nos quisimos demasiado y al otro nos clavamos puñales en el corazón. Las marcas de nuestro pasado nos hicieron ser quienes somos hoy y hoy somos diferentes pero somos diferentes estando separados, estando juntos somos los mismos y yo no puedo con vivir con esa dicotomía. – Su tono de voz mostraba una angustia que no se podía maquillar.
- Lo que siempre me gustó de vos es esto, tu capacidad de decir todo lo que pienso y de decirlo siempre mejor. – Sonrió.

La charla siguió pero ya no volvieron a hablar de ellos nuevamente juntos. Hablaron de sus proyectos laborales, recordaron viajes pasados y anécdotas con los amigos en común. Se rieron hasta las lágrimas y colocaron hábilmente silencios que no estaban llenos de incomodidad.

Ella miró su reloj de pulsera e hizo una mueca como lamentando que el tiempo haya pasado tan rápidamente. Se pasó las manos por el pelo y se arregló la coleta, juntó sus cosas y se levantó de la silla.

- Se me hizo tarde me tengo que ir, el me espera para cenar – Exclamó.
- Si, lo entiendo, ella me está esperando para ir a visitar a su madre, no quiero ir pero debo hacerlo, sabés como son ustedes las mujeres con estas cosas. – Sonrió al final de la sentencia.

Se despidieron con dos besos en la puerta del café y se desearon éxito en sus vidas.

Encendieron un cigarrillo cada uno y caminaron en direcciones opuestas.

Published in: on Lun 20 oct 2008 at 3:41 pm  Comentarios (4)  
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4 comentariosDeja un comentario

  1. Me encanta. Si este es el tipo de textos que te gusta escribir, me gusta aun más

  2. Tu particular estilo de escribir me fascina. Muy buen cuento! Un abrazo!

  3. me gustaría publicar algo de lo que escribo, me orientarían como pueda hacerlo?
    gracias

  4. He llegado aquí de casualidad debido a un enlace de un artículo tuyo: “La anarquía no es caos”.
    Te felicito por despertar la curiosidad de una mujer adormilada, un domingo por la tarde en primavera, me he zambullido un rato en tu prosa y me he encontrado a mí misma,a la gente que pasó por mi vida, a ti y a nadie.
    Salvados por el arte.


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