El ruido de los cañones había cesado. Los fusiles estaban postrados en silencio, algunos sobre los cuerpos, otros, con menos suerte, adornaban el suelo ahora rojizo con sus formas resultantes de la comunión de la madera con el hierro. Ya las bayonetas no probaban, quizás contra su voluntad, porque para matar nacieron, el calor de la carne humana. Las espadas de los despojados de sus fusiles, permanecían, algunas, las de los valientes, ensangrentadas y otras, las de los cobardes, vírgenes de todo rastro que hubiera hecho suponer que no fueron desvainadas por mero reflejo o presión de un superior para luego darse a la huida en manos de quien no quiso cumplir con su deber cívico de soldado. Algunos caballos vagan, solitarios, buscando restos de pastura sin cuerpos inertes, sin vainas, sin restos humanos desprendidos a fuerza o filo de los cuerpos que otrora se sintieron dueños de ellos, de esos no sabemos nada, ni destino ni paradero. No se veía cuerpo en pie en saliente ni poniente, ni en este u oeste. Desde la loma grande alguien podría contemplar el escenario entero, pero dudamos de que alguien quede en pie y, en caso excepcional de ser así, dudamos también de la reserva de fuerza necesaria para escalar la loma por el simple placer, si cabe la palabra, de contemplar una escena que haría temblar las rodillas, en caso de estar parado, del espectador más tosco y rudo. Dicen que una imagen vale más que mil palabras y esta imagen daría un discurso elocuente sobre la naturaleza humana de hablar, diría, con voz calmada y serena, que la humanidad muestra su lado más grotesco durante las guerras, contaría, con dolor en el rostro, las penurias de quienes deben ver la destrucción en persona, no solo la destrucción material o de vidas, sino de todo lo conseguido, pasos pequeños de por medio, como sociedad. Hay los que matan en nombre de dios, hay los que matan por un pedazo de tierra, hay, algunos mas sentimentales, los que matan por una mujer (u hombre, seguramente). Sentaría a los niños pequeños en su regazo, dichosa imagen, y les contaría de los héroes y sus hechos, valientes algunos, fortuitos otros, pero con final feliz todos, en donde se reivindicaría el principio del bien como meta. La imagen, como se ha explicado para quienes tienen la imaginación con alas, era elocuente. La batalla final había dejado un saldo de suficientes muertos para ambos costados de la línea en disputa, usamos el termino demasiados porque sería imposible contarlos todos, y porque además no es necesario tener el numero exacto cuando son demasiados, con saber eso basta, los muertos eran tantos que los vivos eran minoría. Los árboles que rodeaban el campo de batalla estaban, los que quedaban en pie, los que eludieron de alguna manera las salvas de cañonazos que prefirieron omitir destino correcto, como testigos de la barbarie pronunciada en nombre del señor, de dios y de todos los santos que cabían en aquella, ahora destruida, iglesia. Una salva de un hereje, un cañonazo clerical, una espada bendecida atravesando su corteza, los enemigos estaban distinguidos entre sí pero los árboles eran, quizás por silencio, quizás por molestia, enemigos de ambos bandos. Contemplaron inertes las parábolas proyectadas por las bolas de hierro expelidas de los cilindros del mismo material, a través de una combustión repentina de una cantidad necesaria, teniendo en cuenta el peso de la esfera, la ley de gravedad y sin olvidad la resistencia del aire, de esa pólvora traída de la China, que hacían huecos en las formaciones de soldados, mermándolas instantáneamente en cantidades que rondaban la decena o más, dependiendo de la destreza del cañonero y, porqué no, de la suerte necesaria en el destino del disparo. Pudieron ver, si existe algo como la visión para estas plantas de troncos gruesos y raíces profundas, como las espadas afiladas por un hábil herrero cercenaban brazos y piernas, cabezas y orejas, vientres y achuras, mientras los gritos de dolor y valentía, hay quien debe gritar para embestir, se mezclaban en una sinfonía que poco tendría que envidiar a la música que, según los teólogos y entendidos en la materia, se escucharía sin fin hasta el cansancio en el mismo infierno por las almas condenadas al averno por conducta o vicio.
No muy lejos del epicentro de la batalla, de ese lugar marcado en la tierra con un sinfín de cuerpos tirados en ella y en los cielos con una bandada cada vez mayor de aves de rapiña, se encontraba el cuartel de uno de los bandos. En esa nube oscura, que hasta sombras provocaba en la tierra, los cuervos, rápidos e inteligentes, eran mayoría. Sus alaridos marcaban, a falta de marcas en tierra y cielo, en el viento la locación del encuentro entre espadas y cañones, entre bayonetas y sables. El cuartel era subterráneo, se encontraba bajo las arenas de una lomilla cercana a la loma grande en donde nuestro imaginario sobreviviente hubiera contemplado la más arriba detallada imagen. El mismo había sido construido antes de la batalla, como sería ideal teniendo en cuenta que la guerra ahora terminada tuvo indicios en cartas diplomáticas con respuestas que dejaron de serlo, por una docena de presos, once rateros y un asesino, que se encargaron de cavar lo necesario, de construir las paredes y techo, de dotar de las comodidades necesarias para media docena de militares de alto rango, el costo para las arcas del estado fue de ciento veinte monedas de oro, a eso hay que sumarle la vida del asesino que murió aplastado por el derrumbe de una pared mal construida, pero como su condición de quita vidas lo precedía nadie se apuro en contar su paso al infierno, para quien cree en el juicio final, como una pérdida. Dentro del cuartel subterráneo se encontraban tres personas, quizás los tres únicos sobrevivientes de la batalla final, eso si no contamos con el hecho de que del otro bando también existiera un cuartel subterráneo con sobrevivientes, pero para supuestos tendremos otras chances, hablemos de lo que sabemos con certeza, que estaban vivos, que eran tres y que eran los únicos vivos de este lado de la raya en disputa. Los sobrevivientes, por rango de mayor a menor eran, el ministro de defensa, el secretario de actas y el oficial primero de comunicaciones. Se encontraban en silencio, cada uno en lo suyo, dentro del cuartel subterráneo que ahora era su refugio y morada. El ministro de defensa se encontraba encorvado sobre el mesón central, candela en mano, consultando mapas y moviendo figurines sobre el, ignoraba, pobre, que los figurines ya no tenían un par de carne y hueso sobre la tierra, la luz de la candela proyectaba su perfil de nariz generosa sobre la pared de adobe teñido. El secretario de actas, joven de espejuelos y espigada figura, sostenía su pluma por sobre un libro de actas, dejando nota de todo lo que acontecía en la bitácora de guerra, en este preciso instante se encontraba dejando constancia de que el ruido había cesado, de que no se escuchaba más que el sonido del silencio, si se me permite el oximorón añadió, y que creía que la guerra había terminado o que todos había muerto, cualquiera consecuencia directa de lo otro. Mientras los dos sobrevivientes restantes se encontraban en lo suyo, por aburrimiento o necesidad, no se sabría decir con certeza, el oficial primero de comunicaciones estaba acostado en uno de los catres dispuestos para tal efecto, el de acostarse se entiende, la pierna derecha la tenía recogida con la rodilla apuntando al techo y el antebrazo izquierdo sobre su frente y ojos, tapándolos, como buscando observar las fantasmagóricas formas que la bamboleante llama de la candela proyectaba sobre la pared de adobe teñido. Se encontraba carente de labores, los mensajes dejaron de llegar al cuartel subterráneo y el se sorprendió sin necesidad de decodificarlos ni de interpretarlos, sin utilidad ya que no había que contestar ni a quien responder, había sugerido, con respeto y hasta una pizca de timidez, al ministro de defensa que se ofrecía a sacar la cabeza por el hueco del hoyo que guía al túnel anterior a la puerta de acceso al cuartel subterráneo para observar lo que acontecía, ya hace dos días que el sonido de los cañones empezó a mermar en decibeles y frecuencia y hace casi uno que el silencio es el amo y señor del exterior. Aguardemos, dijo el ministro, como solicitando fin a la recuesta del oficial primero de comunicaciones, cuando sea tiempo será tiempo, por ahora aguardemos a salvo en este refugio, añadió. El silencio reinó también dentro del bunker hasta que el secretario de actas cerró su bitácora de guerra, no sabemos si por hastío o por si ya había cumplido la tarea que en su momento lo requirió, Señor Ministro considero oportuno, en mi carácter de secretario de actas y en mi condición de perteneciente a este grupo de personas aquí encerradas, condiciones forzadas mediante, informarle que el silencio que nos envuelve, dejando de lado los sonidos propios a nuestra estancia y movimiento, es llamativo, curioso por lo menos si se quiere, ¿no sería prudente que enviemos al oficial primero de comunicaciones a que cumpla la tarea para la que se ha ofrecido tan amablemente? Por favor no tome esto como una afrenta a su autoridad o palabra, sino solamente como una sugerencia de quien se sabe observador y prudente, es de prudentes investigar, quien tiene la última novedad tiene una ventaja señor ministro, si la guerra que se desarrolla por sobre nuestras cabezas ha terminado o está en un lapsus deberíamos saberlo para poder actuar en consecuencia a las nuevas, sean estas buenas o malas. El ministro permaneció en silencio unos segundos hasta que, viéndose ante una realidad ineludible y cruda como la carne expuesta de los soldados muertos, aunque esto todavía no lo sabían los sobrevivientes, solicitó formalmente y con todo el protocolo necesario al oficial primero de comunicaciones que cumpla con su nueva tarea, que se asome al umbral con el exterior y que, con todo el cuidado que su tarea merece, observe, que mire y recuerde, que anote y memorice, que grabe a fuego en su retina y que sus oídos transporten a su cerebro todo lo que se pueda humanamente oír, mientras más información se recabe mejor. El oficial primero de comunicaciones se dirigió a la puerta y sin decir palabra alguna, hizo el saludo militar de rigor y se embarcó a su tarea.
No sabemos a ciencia cierta, esto es un juego inexacto por partes, cuanto tiempo quedaron en completo silencio el ministro de defensa y el secretario de actas, fue mas de media hora y menos de una diría alguien si hubiera estado ahí, pero no había nadie más que los anteriormente nombrados, el silencio era total y absoluto, ambos, absortos en pensamientos de los que nada sabemos, se mantenían con la mirada fija en un punto y esperando, como quien espera algo que no sabe que es ni cuando vendrá, esas cosas simplemente se esperan hasta que llegan, el secretario de actas había levantado la cabeza como para hablar, de algo banal y sin importancia, cuando la puerta de madera rechinó y la figura del oficial primero de comunicaciones apareció, estaba empapado de sudor y jadeante, producto, seguramente, del esfuerzo necesario para moverse por pasillos estrechos y oscuros. ¿Que ha visto y oído?, fue lo primero que preguntó el ministro de defensa, el oficial primero de comunicaciones tomó un poco de aire antes de hablar, señor, mi trabajo como oficial de comunicaciones es, como su nombre agraciadamente explícito lo informa, el de comunicar, de recibir información y pasarla, de llevar cartas y documentos a puerto seguro, si, es cierto, de alguna manera comunico, pero lo hago con palabras de otros, leyendo textos y misivas que fueron concebidas por mentes más preparadas para las letras que para las expediciones, leo, todo el tiempo, elucubraciones que no corresponden a mis pensamientos, prestadas para el momento y fin que debo representar físicamente nada más poniendo el cuerpo y la voz, por lo que ahora me encuentro carente de habilidades para expresar lo que debo, si el señor secretario de actas hubiera visto lo que yo acabo de ver podría, seguramente, redactar un informe completo que yo leería a viva voz ante quienes deba según me sea ordenado, pero como nada más quedamos nosotros tres, eso no será necesario, les pido, caballeros, me acompañen para el exterior de este nuestro refugio subterráneo que ha cumplido, a cabalidad, su fin, vengan conmigo a ver lo que yo pude ver, que peligro de proyectil perdido ya no existe, la amenaza de que un sable rebelde encuentre nuestras tripas, por fortuna o habilidad, es nula, la guerra, caballeros, ha llegado a su fin. En silencio y en orden los tres sobrevivientes, ahora tomaban conciencia del mote antes entregado, recorrieron los estrechos pasillos oscuros para dirigirse a la superficie de la loma grande, antes de llegar al umbral que separaba la luz de la oscuridad un tufillo denso y nauseabundo les anunció lo que suponían, pero que no podían imaginar a cabalidad.
El último en salir del hoyo que conducía desde el pasillo hacia la superficie fue el ministro de defensa, debido a su corpulencia fue necesario que tanto el oficial primero de comunicaciones como el secretario de actas usaran sus manos, ambas, para ayudarlo a trepar el metro y medio de escalones ubicados en la pared posterior del túnel vertical. El sol alumbraba en mediodía y lo hacia con fuerza y voluntad, pareciera que buscase de alguna manera preparar la iluminación necesaria para que los que aún no habían contemplado la escena de destrucción provocada por la guerra lo hagan a cabalidad y hasta donde el horizonte lo permitiera. El viento que se movía agraciadamente desde el norte y hacia el sur traía consigo los hedores propios de cuerpos en descomposición, los cuervos eran cada vez más y hasta fieles caninos estaban ahora olfateando los cuerpos inertes y desmembrados, abiertos como papas hervidas en exceso, algunos, hinchados por la podredumbre interna, otros. Señores, la mano del diablo ha pasado por aquí, fue la sentencia primera del secretario de actas. La mano ha sacudido la vida fuera de estos cuerpos y su aliento, el aliento de azufre del diablo, ha carcomido los pastos, esto es mano y aliento, fuerza y vapores desde las entrañas, la muerte llegó terrible directamente desde las fosas avernales en las cuales, quien ha causado esto, mora eternamente. Aquí no hubo ni dios ni santos ni vírgenes ni ángeles, no hubo cruces ni rosarios ni oraciones, aquí lo único que hubo fue pecado y destrucción, muerte y destrozo, afrentas a todo lo bueno y respetable de lo humano y divino, aquí, señores, miles perdieron la vida pero el diablo ha ganado la misma cantidad de almas para su haber y entretenimiento. El secretario de actas concluyó su descargo sobre lo visto. Oficial primero de comunicaciones, usted que ha salido antes que nosotros a la superficie, ¿ha visto resto de vida en este lugar? No señor ministro de defensa, no he visto humano alguno en pie ni a rastras, he caminado hasta la frontera con los bosques y nada, hasta la línea en discordia y de nuevo nada, solo muerte y hedor, y cuervos, ¡cuantos cuervos!, he gritado por alguien, nombres al azar, nada, me introduje en los restos edilicios aún en pie y ni ratas señor ministro de defensa, esas, más inteligentes, han huido a tiempo, como es su costumbre, la iglesia la he visto en pie, lastimada pero en pie, supuse que adentro encontraría fieles y heridos, pero solo santos polvorientos y banquetas desordenadas he encontrado, la desolación me seguía adelantadamente los pasos, como sabiendo a donde me dirigía y se instalaba en donde yo entrase, no queda ser vivo, ni muerto, en pie, lo de muerto en pie espero que no lo encontremos nunca, pero con la mano del diablo acariciando nuestro destino aquí no se sabe, realmente, que puede ocurrir. Señor ministro de defensa, por todo lo recorrido y ahora expuesto es mi deber, mi obligación, concluir que, en base a evidencias físicas comprobables por vuestra merced cuando así lo requiriese, que, está más que claro, somos los únicos sobrevivientes de esta guerra, no quedamos más que nosotros tres. No es necesario recorrer todo este terreno para ver que la muerte ha encontrado a todo lo que estaba por sobre la tierra señor oficial primero de comunicaciones, aquí solo reina la muerte y el silencio, probablemente los animales reinen también por mientras le dure la carroña para comer, luego también morirán y serán devorados por los cuervos, hasta que nada quede para alimento de unos o de otros, ahora, somos solamente nosotros tres y esta alfombra de muertos. ¿Cuántos muertos tenemos aquí?, preguntó el secretario de actas, demasiados, la cantidad aquí no importa, son demasiados muertos y los vivos somos solamente tres, esa relación, por donde se la mire, muestra que lo ocurrido atroz, violento y desolador, tantos hombres, tantos jóvenes, tantas mentes y almas perdidas en una batalla que, a la postre de lo expuesto como costo final, se hace innecesaria y hasta evitable, sabias palabras señor ministro, sabias palabras.
Bajaron de la loma a paso lento para no resbalar con la sangre coagulada como una pasta sobre la mata, se apoyaron uno sobre otro para evitar caer entre los muertos nauseabundos, evitaron, con un decoro propio de los vivos, patear o pisar a quienes ya no podían verlos u oírlos, como si pudieran sentir dolor, malestar o incomodidad, tontos vivos, dirían los muertos, estamos muertos, sin resto de vida en nuestro ser, ya nuestra piel no transmite sensación alguna, anden con relajo entre nuestros restos, pisen y pateen, que no lloraremos o emitiremos quejido alguno, no se retrasen eludiendo un bulto inerte, que es eso lo que somos ahora, bultos postrados sobre un gramado otrora vivaz que se ha muerto por nuestra sangre derramada que no le permite recibir los rayos del sol, ese sol que ya no quema ni lastima la piel, solo alumbra para mostrarnos muertos como estamos, para que quienes caminen entre nosotros nos vean y no caigan, que seguro, pobres, se asustarán de caerse, quien quiere caer entre muertos y menos entre muertos desmembrados como nosotros, la guerra nos mata y además nos saca toda la decencia, pues morimos abiertos, expuestos desde dentro hacia fuera, no morimos postrados en una cama, presos de una enfermedad o de un súbito rapto de vida por causas divinas, no, no morimos peinados y con paños de gasa de algodón cubriéndonos como ángeles, listos para ser recibidos por la gracia divina que nos espera, no, esa no es la muerte que ha venido a buscarnos a nosotros, a nosotros, por azar o destino, nos tocó la muerte que no solo te saca la vida, te saca las entrañas, los miembros y el decoro, vamos, pisen y pateen sin problema que ya todo lo hemos perdido, estamos muertos, y de la muerte y el ridículo no se vuelve, y estamos, que coincidencia, ridículamente muertos. Señor ministro de defensa, tenga usted cuidado de no respirar profundamente este aire, está maldito, lleno de muerte, por no decir que es tóxico, usted también señor secretario de actas, tápese la boca con lo que pueda, aguante la respiración que ya llegamos a los bosques en donde, por suerte, son menos los muertos que los árboles y podremos respirar aire puro, si queda todavía algo puro por estos lares esperemos que sea el aire señor oficial primero de comunicaciones. Ya, aquí estaremos a salvo del aire maldito de los muertos, pero no de la mano hábil y maligna del diablo, es cierto, ¿que haremos ahora?, esa pregunta había tardado mucho en llegar a la boca de uno pero estuvo en mente de todos desde que vieron el sol de nuevo, ¿señor ministro de defensa? Hemos tocado fondo caballeros, aquí no hay camino que seguir que no sea el de la reconstrucción de quienes somos, no hay espacio para lamentos ni dudas sobre lo que tenemos que hacer, aquí, aunque no parezca, la mano de dios ha hecho también un acto propio de su condición omnipotente, nos ha mantenido con vida a nosotros tres, un político, un hombre de letras y un experto en logística y comunicaciones, que es, a una escala menor, lo que necesitamos para poder reconstruir lo que el diablo, obrando a través de nosotros, ha destruido. Tenemos una ardua tarea caballeros, debemos dejar constancia de estos actos de guerra, debemos escribir y describir todo lo que podamos sobre lo que nos ha llevado a esta catástrofe, debemos escribir, en orden y por partes, los orígenes de esta afrenta, los porqués de esta batalla, los caminos que debíamos de haber tomado y que decidimos ignorar, sentemos las bases de lo que nuestra sociedad, ahora destruida, fue y enseñemos a quienes vendrán después de nosotros, con nuestras letras sobre el papel, que alguna vez nos hemos equivocado, que no lo hagan de vuelta, pero por sobre todo caballeros, y aquí está nuestro principal cometido de esta vida que nos quedó como regalo, necesitamos generar héroes, debemos escribir historias de valentía y coraje, debemos hablar de quienes hicieron frente al cruel enemigo, contemos de sus acciones valerosas, de su lucha contra un enemigo feroz que lo superaba ampliamente en número y maldad, creemos, todos juntos, personajes a quienes admirar, en quienes inspirarse para una reconstrucción total de nuestra identidad como pueblo, como patria, necesitamos apoyarnos en sus brazos para levantarnos, todos los pueblos necesitan héroes para que los pequeños puedan crecer queriendo ser como ellos, fuertes, orgullosos, luchadores y de fe. Loable, por sobre todo señor ministro de defensa, me parece la idea de dejar constancia de la valentía de quienes hoy no pueden hablar, por falta del aliento de la vida, por si mismos, pero, lastimosamente, por estar resguardando nuestras vidas bajo tierra, dios no nos permitió ver quienes fueron valientes ni quienes huyeron de su deber, no sabemos los nombres de quienes se llevaron consigo más vidas enemigas ni las circunstancias valerosas, o no, en que las hicieron, señor ministro de defensa, estamos cegados por la ignorancia de no haber visto esta guerra de cerca, solo nos llegaban informes y bitácoras, nada más, señor ministro de defensa, de héroes de verdad, si los hubo, de ellos, no sabemos nada. Entiendo su preocupación señor secretario de actas, es la mía, la suya y entiendo que también la del señor oficial primero de comunicaciones, pero es aquí en donde nosotros tres, sobrevivientes de esta tragedia, entramos a tallar en la historia, historia que, justamente, la escribiremos nosotros, desde nuestros recuerdos, nuestras memorias y nuestra imaginación, caminaremos entre los muertos y pararemos y le diré a usted, mi querido escriba, este, es este un héroe de guerra, es cierto que con mis dedos estaré apuntando a un cuerpo inerte y sin identidad pero estoy seguro que ese será un héroe, nos sentaremos a su imagen y recrearemos sus historias de mayor valor y coraje, eso haremos, haremos nacer héroes de muertos sin nombre, ellos tendrán su redención, murieron en batalla, sin nombre o legado pero eso se lo daremos nosotros, renacerán, si, como héroes, que mejor regalo que ese señor secretario de actas, usted, usted con su pluma se encargará de parir a quienes serán los héroes de nuestra patria, a los portadores de la bandera de nuestra identidad, aquí, en este lecho de muerte, nacerán héroes, del polvo, de las cenizas, de la muerte. Señor secretario de actas, si, dígame señor ministro de defensas, ¿ha traído usted consigo tinta y plumas suficientes? Mis plumas son mis dedos, y tengo tantas plumas como ellos en el cuartel subterráneo y la tinta es mi sangre, tengo tanta tinta como sangre señor ministro de defensa, para llenar volúmenes y volúmenes de palabras. Pues no perdamos más tiempo, que los muertos nos esperan pacientemente para que hagamos héroes de ellos, vaya mí querido secretario de actas, y cuando vuelva, nacerán héroes.
FIN
Loco… estoy esperando que te conectes para pasarte la crítica… es algo larga… pero te adelanto que me hizo recordar a un Stephen Crane, un Crane algo más popular, (no “popular” de que le guste a todo el mundo, sino principalmente por el lenguaje de los personajes y las narraciones y descripciones, por ejemplo)… que me parece algo muy bueno (siempre te dije que me encanta Casaccia xD). Me atrevo a decir que ciertas frases me recordaron también a un Ricardo Güiraldes, incluso. Muy bueno.
Guille: no soy critico de arte. Pero cuando una lectura no me da tiempo de ir por mi taza de cafe, ya me doy cuenta que es buena. Me hipnotiza hasta el final.
Me queda en la mente la frase:”lo de muerto en pie espero que no lo encontremos nunca”.
La narrativa es pieza fundamental en el cuento y la novela. El tema belico lo llevamos todos los paraguayos en la sangre. Me gusta, lo guardo para volver a leerlo.
(mike)
Criticas? dificil en mi condicion, tec en electronica q solo lee manuales tec y una q otra revista tecnica al final tambien.Asi que el que me lo haya leido todo sin la tentasion de prender la radio significa claramente que me encanto sin siquiera proponermelo.Mi primera lectura de este blogg y te aseguro que muy a menudo me tendras leyendo lo q vayas publicando
Saludos
Eh, tambien me encanto la frase esa del muerto en pie,genial
que mazorca! me tuvo colgado de principio a fin, tiene algo de tolkienezco también juajua, excelente!
Excelente!Me gustó como escribiste,los detalles…a mi me queda esta frase: “estamos ridículamente muertos”.Creo q mejor no puede plasmar esa frase en un recordatorio más del Genocidio que es parte de nuestra historia.Y con ridículamente muertos entiendo que eso se pudo haber evitado
Felicitaciones
ah! y lo de crear héroes también…muy oportuno para el día q se recuerda
En mi condición de aprendiz, criticar, es algún derecho del cual no gozo aún, pero espero algún día aprender tanto de escritores como vos, para tal derecho. Así es que esto es solo una simple opinión.
Al principio, veo el contenido muy rico, en cada frase, es necesario pensar, recordar, asimilar, percibir, y admirar la forma en que vos escritor las colocaste allí, te hablo de estas cositas: “la comunión de la madera con el hierro”, “otrora, se sintieron dueños de ellos”, “los muertos eran tanto que los vivos eran minoría”, “los árboles eran, quizás por silencio, quizás por molestia, enemigo de ambos bandos” , “quién tiene la última novedad, tiene ventaja señor ministro” (el respeto, el miedo, a la autoridad, hace que se perciba hasta en tiempos así, en donde sólo abundan los muertos). “supuse que en la Iglesia encontraría fieles y heridos, pero solo santos polvorientos” (aquí se notó tu poco gusto religioso jaja!) “Tontos vivos, dirían los muertos” (los muertos hablaron allí, como monólogo póstumo colectivo, admirable). “No morimos peinados”, entre otras expresiones.
El diálogo, como te dije, está presente pero no de la forma tradicional, si no la forma interrumpida, experimentalista, que no da previo aviso al cambio de voces, que sale de la regla (anarquista), amo eso.
A lo que héroe pueda considerarse está tan clara la forma histórica, no se sabe quienes fueron, quienes lucharon, quienes fueron cobardes. Tu opinión certera sobre la formación histórica está para que dudemos si nuestra propia historia es real. ¿Existe una historia que fuera verdaderamente real?. Aprendí leyéndote, por ejemplo, qué es un “oxímoron”, que el sonido del silencio es un oxímoron, que un instante eterno, es un oxímoron.
Tenés el carácter de escritor universal, al no referir lugar ni pueblo ni cuáles bandos, ni siquiera el nombre de la moneda.
Estoy tan convencida que vas lejos, muy lejos, muy alto. Futuro Nobel.
Saludos
Irma.