Este es el recuerdo de una memoria perdida hace 25 años…
Se respiraba en el aire un aroma a pólvora y flor de coco, una señal inequívoca de que estábamos en época de Navidad. Los niños ya hacía semanas que habían terminado las clases y se sentían libres correteando por las veredas como si fueran pajarillos recién liberados de su jaula, revoloteando en busca de una nueva aventura por vivir. Era el día que se anteponía a la Nochebuena y los preparativos para la cena familiar ya habían tomado su curso inicial semanas atrás. Los pesebres adornaban los zaguanes de las casas, exhibiéndose bellos, resplandecientes, como si se tratasen de orquídeas que efímeramente pasan por nuestras vidas para luego aguardar de vuelta el momento justo de su aparición. Las frutas frescas servían de capa y corona a esta escena que, probablemente, diste mucho de la acontecida originalmente en aquel establo. La flor de coco se ubicaba, coqueta, majestuosa en el medio de la escena, como queriendo robarle protagonismo al regordete Niño Jesús, entregando su aroma a quienes, por voluntad o casualidad, pasaban cerca de la reproducción del nacimiento.
En la casa de la abuela, epicentro anual de las reuniones familiares, el almuerzo fue ligero, como para calmar el hambre de los más chicos, la cena era lo más importante de esta jornada y de nada servía llenarse el estómago antes de tiempo. En vano las madres, primas y tías, tanto casadas como solteronas, se esmeraron en intentar hacer dormir la siesta a los chicos, ellos estaban muy ocupados explotando ajitos y fosforitos y también, los ya mayorcitos, con aquella esfera azul que los comerciantes ingeniosamente decidieron nombrar como las joyas de un barbudo político liberal.
“No corran tan rápido, cuidado con los autos, atiendan sus cordones, no suden tanto”, eran, entre otros, los gritos de las madres que cada tanto salían a la vereda a inspeccionar a sus pequeños. En la acera, la ansiedad por la llegada de los regalos era agobiante, los niños hacían cualquier cosa por matar las horas que los separaban de la llegada de aquel señor de barbas blancas y caluroso atuendo que, si se habían portado bien, traería el merecido regalo que fue amablemente sugerido vía carta. Un, dos, tres, ¡miro!, la bruja de los colores, en el Puente de Avignon, la rayuela, eran algunos de los juegos que hacían la espera de los más chicos algo soportable.
El sol decidió que era tarde y que debería descansar, por lo que se ocultó en el manto naranja de su lecho de sueño, dando paso a la luna más llena que se pudo haber contemplado en mucho tiempo. Su sola presencia alumbraba de manera natural el patio de la casa de la abuela, reflejando su generosa cintura en el aljibe.
La casa pronto se llenó de voces familiares, algunas que no se oían hace muchos años. La abuela fue explícita al solicitar la presencia de todos sus hijos, nietos y bisnietos, yernos y nueras, primos lejanos y algún que otro solitario vecino pasado en años y olvidado por los suyos. En la casa de la abuela cabían todos, siempre. Los tíos se enfrascaban en conversaciones sobre política y fútbol, las tías y mamás comentaban risueñas tanto los logros como las travesuras de sus chicos y ellos, nosotros, los niños, no le sacábamos el ojo de encima al reloj cucú del patio, sintiendo que cada segundo que se iba era uno menos que faltaba para el canto de las doce y la entrega de los regalos. A esa altura, el olor a pólvora superaba ampliamente al aroma dulce y delicado de la flor de coco, en el cielo serpenteaban caprichosas coloridas estelas incandescentes, silbaban alegres como cigarras las bengalas traídas de Luque y el estallar de los mbokabichos se confundían con el descorchar de las sidras.
La llegada de una interminable fila de bandejas, platos y fuentes anunció que la cena estaba lista. Como era costumbre, la abuela se sentó en la punta, los hijos a sus costados en orden descendente para dar lugar a los nietos y bisnietos en la punta opuesta. La abuela contempló orgullosa la familia que había cosechado con mucho esfuerzo y decidió que iría a romper el protocolo y dirigir unas palabras, dijo, entre muchas otras cosas, que lo verdaderamente importante, siempre, es estar juntos, no importan las circunstancias, estas se pueden solucionar, pero que debemos permanecer juntos, sea en las buenas o en las malas, dijo también, sabia mujer mi abuela era, que lo verdaderamente importante de la Navidad era la oportunidad de alimentarnos mutuamente de las risas de quienes amamos, de llenarnos de la energía mágica que se siente cuando estamos todos juntos, de reír y de, por qué no, llorar, para eso estamos, para eso somos una familia. Dijo que no sabía si volvería a vernos todos juntos, lo que le ganó unos reproches de parte de los hijos, y pidió al amable vecino colado que tome las fotos de la familia, lo que se consiguió después de unos cuantos intentos.
La Navidad fue recibida con un concierto de bombas en toda la ciudad, refugiados bajo el techo del zaguán escuchamos el tronar de las bombas, que entregaban su cortísima vida en pos de nuestro deleite. Los regalos llegaron y yo recibí una Milano con cambios que destrozaría años después bajando las Escalinatas. En aquella cena, que no se repitió nunca más, aprendí que el verdadero valor de la Navidad, creamos o no en ella, es el de estar todos juntos, como una familia, siempre.
como se parece a mi familia, así mismo pasabamos, hasta que fallecieron los abuelos y ese pedido de mantenerse unidos fue conservado sólo para las familias que componían la GRAN FLIA.
ahora cada uno pasa en su casa, con sus propias comodidades, nuevos menúes y visitantes…
que buen relato Liam, excelente rescate de los detalles!
Parece mentira que los de barrio seguimos manteniendo ese espíritu jaja, en Nochebuena y Cena de Año Nuevo nosotros tampoco caimos en la parafernalia del post-evento.
Todos en familia, como todos los años, y nos ponemos mal cuando alguien no puede asistir.
Pa que veas que no te miento: http://mifotovlog.blogspot.com/2010/01/deseo-un-buen-inicio-de-ano-para-todos.html