Ganarle al despuntar del alba. Ese era el secreto de Doña Teresa para hacer todo lo que tenía que hacer en su día. Ser más rápida que el amanecer. Ir al tambo, ordeñar las vacas, hervir la leche, despertar a sus hijos y prepararles el desayuno, todo para antes de las seis de la mañana. Llevar a los más grandes al colegio y cuidar de los más pequeños. Preparar el almuerzo, lavar la ropa y corregir las tareas. De alguna manera este era el concierto que le tocaba vivir cada día a Doña Teresa y lo hacía con mucho amor, como si fuera su verdadera madre.
Cuando todavía no era doña, Teresa se casó a los diez y seis años pero enviudó demasiado pronto como para haber tenido hijos. Entre una vida devota a Dios y una devota a los niños eligió ésta última, siempre había querido tener hijos y ahora podía llenar ese vacío trabajando como madre sustituta en un Hogar para niños abandonados que la madre superiora del convento al que nunca ingresó le sugirió al notar que su verdadera vocación eran los niños y no los hábitos. Según los usos del Hogar comenzó sus tareas como “Tía”, haciendo tareas de menor porte hasta que con el tiempo se convirtió en “Mamá”. De eso hacía muchos años y muchos niños habían pasado por su humilde hogar, cedido especialmente por la administración del Hogar al convertirse en “Mamá”. Los niños varones salían del Hogar al cumplir diez y seis años para recibir instrucción militar y las niñas iban al convento a ver si alguna oía el llamado celestial, las que no eran educadas para ser costureras o enfermeras. Siempre era triste despedirse de uno de sus niños, de sus hijos, pero la gran mayoría de ellos volvía cada tanto a pasar de visita a ver a su mamá.
Por las noches, recostada en una vieja reposera de mimbre en el zaguán Doña Teresa dejaba volar la imaginación. Imaginaba como sería su vida si aquella tarde de invierno el patrón de su marido no hubiera llegado con la noticia de que Rubén se había caído trágicamente del tractor. Se veía siempre con muchos hijos “Media docena quiero Teresita” le decía Rubén cuando hablaban de ello. Sueños truncados Teresa se decía a ella misma. Pero siempre encontraba consuelo al saber que tuvo mucho más de media docena de hijos y que a todos les entregó todo el amor que tenía para darles. El canto de algún ave somnolienta la sacó de un nuevo viaje por sus sueños en el zaguán, decidió ir a dormir, hay que levantarse temprano y además mañana va a ser un día muy especial.
Era sábado no había escuela pero Doña Teresa hizo lo mismo de todos los días, mate en mano fue al tambo y a la chacra, charló con sus comadres y fue a la pequeña capilla a rezar. Cuando los chicos estaban despiertos el desayuno estaba servido, cocido quemado con leche fresca, galletones con dulce de guayaba y esa nata por las que todos se peleaban. Doña Teresa sabía que ese iba a ser un día con emociones encontradas, Luisito, su Luisito, cumplió sus diez y seis años y esa tarde pasaría el camión de la Infantería a llevarlo al cuartel, era su turno de cumplir su deber con la patria se decía a ella misma buscando consuelo. Va a estudiar, va a aprender, puede que sirva a algún buen señor que decida darle alguna oportunidad laboral más adelante, es todo para bien, acá se salvó de mucho, tuvo suerte que su madre lo haya dejado en la puerta del Hogar quince años atrás. Y ahora Luisito ya era Luís y tenía que seguir su camino.
- Gracias Mamá – dijo Luís intentando poner su quebradiza voz por sobre el rugir del motor del camión.
- Cuidate che memby – añadió Doña Teresa apagando sus sentimientos por un rato.
- Si mamá, voy a estar bien. Acá tenés este sobre, adentro hay un poquito de plata de las changuitas que hice este tiempo y hay una carta, pero no quiero que leas ahora, esperá a esta noche y ahí lee. – un beso en la frente fue su despedida.
La noche había entrado y los ahora cinco chicos estaban en sus camas soñando con trompos y pelotas. Doña Teresa tomó sus bifocales y con manos temblorosas abrió el sobre que escuetamente rezaba en lápiz de papel “Mamá” sobre la solapa. Extendió la carta sobre sus muslos y procedió a leerla.
“Mamá:
Hoy te quiero contar una historia. Me acuerdo cuando tenía siete años y esa señora vino al Hogar diciendo que era mi madre, que me había parido y que en un error de juventud me dejó al cuidado de quienes me quisieran recibir. Me acuerdo bien que tuve mucho miedo porque no me quería ir de tu lado, me puse contento cuando decidieron que lo mejor era que me quede acá contigo. Hoy puedo entender mejor todo eso que pasó. Lo que entiendo mamá, lo que sé, es que ser madre es mucho más que parir, es mucho más que simplemente ser el vientre que aloja al feto antes de su nacimiento, eso puede llamarse ser una madre, pero ser mamá es mucho más grande que eso. Esa señora puede ser mi madre, pero mi mamá siempre vas a ser vos, la señora que me enseñó a leer, a diferenciar lo que está bien de lo que está mal, la que me cuidó cuando estuve enfermo, la que no comió para que yo coma, la que no durmió para que yo pueda hacerlo en paz. Me va a faltar tiempo en vida para agradecerte lo que hiciste por mí, esta cartita es simplemente en primer paso.
Te quiero mucho.
Tu hijo Luís”
Doña Teresa se secó las lágrimas de los ojos mientras apretaba la carta contra el pecho. La tristeza por la partida era enorme pero la satisfacción por el trabajo fue mayor. Cansina se levantó de su reposera y fue a dormir, durmiendo estaban cinco niños que esperaban temprano despertarse con la sonrisa de su mamá.